FVS: Un Lechero con Iniciativa

Por Felipe Moreno

Originario de Calacoaya, Estado de México, Gregorio Velázquez era un hombre del campo quien, dado su prestigio como uno de los mejores talabarteros de la región, había llegado a ser administrador de la Hacienda “La Encarnación” - propiedad de la señora María Servín de Capetillo - y Presidente municipal de Villa Nicolás Romero.

Para la familia Velázquez Sánchez y sus once de 17 hijos, los años del porfiriato no tuvieron el mismo significado, ignominioso y cruel que tuvo para muchos otros habitantes del México prerevolucionario. La vida en la Hacienda de “La Encarnación” corría tranquila, sin ningún contratiempo. Está, no sería alterada sino hasta mediados de 1914, en que, por defender sus ideas y principios - ya que Gregorio Velázquez siempre fue leal a sus convicciones políticas -, tuvo que salir, prácticamente huyendo de la localidad.

Para esos años, Fidel Velázquez si acaso había sido niño. Entre la escuela primaria y las labores en los establos de “La Encarnación” se desarrolló su incipiente infancia. Incluso, podría decirse, fue la única etapa tranquila y romántica en la vida del último de los grandes líderes del siglo XX.

A partir de los 14 años, Fidel Velázquez no vería más la tranquilidad, habría de convertirse en hombre y hacerse cargo de su madre y sus hermanos. 1914, sería un año inolvidable en toda su existencia.

A partir de entonces y con dicha carga emotiva y física, Fidel Velázquez tiene que buscar trabajo. Pronto logra encontrar uno en un aserradero, donde su labor consistía en contar los carros de ferrocarril que salían con su cargamento. El aserradero era de un señor Díaz de la Vega, quien había sido amigo de su padre.

Pocas eran las expectativas de vida y progreso en dicho lugar. Además, el ambiente cada día les era más adverso. Por lo que los integrantes de la familia Velázquez Sánchez, emprendieron el éxodo hacia la ciudad de México, pasando por La Colmena, Barrón, Atizapán, Tlalnepantla, Puente de Vigas y el Distrito Federal. Debe hacerse notar que para dichas fechas, viajar desde San Pedro Azcapozaltongo al Distrito Federal, era toda una proeza. O bien se hacía en ferrocarril o a lomo de burro.

Fidel Velázquez, quien conocía las labores del campo, logra ser empleado en la Hacienda del Rosario de capital canadiense, en el entonces pueblo de Azcapotzalco. Establecimiento de donde muy pronto es despedido al pretender formalizar la creación de un sindicato. De ahí, va a parar al establo del hermano mayor de Alfonso y Justino Sánchez Madariaga, a quienes propone fundar, el que más tarde se llamaría Sindicato de Lecheros, Vaqueros y Estableros del Distrito Federal. La condición fue una, nunca hacerle huelgas al hermano mayor de los Sánchez Madariaga y él, a su vez, los apoyaría para irse apropiando, poco a poco, el mercado de la leche y sus derivados. Obviamente, en poco tiempo todo quedo bajo su control. Desde esos años, Fidel Velázquez ya tenía inquietudes sindicales. Había escuchado hablar de la Casa del Obrero Mundial y en uno que otro de sus ratos libres había estado de oyente en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional.

 Empero, Fidel Velázquez estaba consciente de su fuerza sindical, la cual era prácticamente raquítica, comparada con la de una naciente CROM o con cualquier otro gremio sindical. Eran los años donde se veía sólo a: los ferrocarrileros, tranviarios, panaderos, tipógrafos, carpinteros, reboceros, zapateros o bien a los llamados “Trabajadores de Mar y Tierra”, que fueron, junto a los textileros, la espina dorsal del imperio moronista y del Grupo Acción. Gremios que domeñaron la escena sindical y política varios lustros ininterrumpidos. Los Morones, Araiza, Velasco, Lombardo, Treviño, Rodarte, Gasca, Yúdico, Quintero, Cervantes, Moneda, Cataño, Salcedo, Fonseca, Salas, Torres, entre otros, eran apellidos difíciles de superar.

Fidel Velázquez, tuvo visión. Supo esperar. No eran tiempos para competir, eran momentos de permanecer a la sombra, para dar el próximo zarpazo. De Luis Morones Negrete, - Luis N. Morones - habría de entender esa década, “lo que nunca se debe hacer” como líder sindical; o sea el pelearse con un Presidente de la República.