La Revolución de México

Por Felipe Moreno

 La Revolución de México desde los puntos de vista económico y político, parece un desafío a la opini6n general y, principalmente para la Europea, dado el celo con que se ha discutido - casi siempre- por elementos enamorados de los procedimientos arcaicos, bajo el pretexto de que las revoluciones tienden, solamente, a destruirlo todo y todo perderlo: propiedad, familia, civilización.

A los espíritus opacos bien cabe decirles que las revoluciones son manifestaciones sucesivas de justicia en toda sociedad. Por lo mismo, cuando ocurren, todas las revoluciones tienen su punto de partida en una anterior. Quien dice revolución, dice necesariamente progreso y, al mismo tiempo, conservación. De aquí resulta que la Revolución es permanente en la historia de los pueblos y, por consiguiente - precisando el término- no son muchas las revoluciones que ha tenido la humanidad. Es una sola, una misma y perpetua Revolución.

Hace 20 siglos, citando a P.G. Prohudón, se llamó Evangelio, la Buena Nueva. Su dogma fundamental se llamaba unidad en torno de Dios; su divisa era la igualdad de todos los hombres delante de El.

La esclavitud - "antiguo" azote de la humanidad reposaba en el antagonismo y la desigualdad de los Dioses; o sea, en la inferioridad relativa de las razas bajo un estado de guerra. El cristianismo creó el derecho de gentes, la fraternidad de los pueblos y fue por la fuerza de su dogma y divisa por lo que fueron abolidas, simultáneamente, la idolatría y la esclavitud. No podrá nunca negarse este hecho, como tampoco el que los cristianos, al ser Revolucionarios mediante la palabra y el martirio, no fueran hombres de progreso y, a la vez, conservadores.

La iniciativa politeísta, después de haber civilizado a los primeros hombre, después de haberlos convertido de "hombres silvestres" en hombres de ciudad - o ciudadanos -

 volvió a ella - a la Revolución - por causa del sensualismo y del privilegio. Es decir. se había caído en un periodo de corrupción y servilismo. La humanidad estaba ya perdida, cuando surge Cristo para salvarla. El, por esa sola misión recibe el doble titulo de Salvador y Redentor; o como hoy podríamos decir revolucionario. Tal fue el carácter de la primera y más grande de las Revoluciones. Ella renovó al mundo y renovándolo lo conservó.

 Más por cuento esta Revolución fuese natural y espiritual, no significó otra cosa que el lado más material de la justicia: la liberación del cuerpo, la abolición de la esclavitud. Teniendo por fundamento la fe, dejó esclavo el pensamiento. No bastaba entonces para la emancipación del hombre que es un conjunto de cuerpo y alma; materia e inteligencia. Así, ella misma vendría a suscitar una nueva Revolución.

Mil años después del calvario y crucifixión de Jesucristo, comenzó, en el mismo seno de la religión que había fundado, una agitación inconsciente, preludio de un

avance próximo. Los escolásticos llevarían en su seno, acatando la autoridad de la iglesia y de la escritura: !la autoridad de la razón!. En el siglo XII, la Revolución

estalló.

Esta Revolución, sin abandonar sus primeros frutos, sin negarse a sí misma, tomó otro nombre: se llamó filosofía. Su dogma, La Libertad de la Razón y su divisa, igualdad de todos los hombres ante la misma.

Aquí, el hombre es declarado inviolable y libre en su doble esencia de cuerpo y alma.

¿Era este un avance? Quién otro que un tirano puede negarlo ¿Era conservación?; esto no requiere respuesta. El destino del hombre, lo han dicho los hombres sabios, es contemplar la obra de Dios. Después de haber conocido el hombre a Dios a través del corazón Y la fe, era imprescindible que lo conociera a través de la razón. El Evangelio era para la humanidad una especie de enseñanza infantil; luego que la humanidad se hizo

adulta requería una enseñanza superior, so pena de caer en el idiotismo y en la servidumbre que la sigue y la persigue.

Así, los Galileo, los Arnaldo de Brecia, los Giordano Bruno, los Descartes, los Lutero, toda esa pléyade de hombres sabios, de pensadores y artistas que brillaron en los siglos XI, XVI y XVII; todos estos grandes revolucionarios, fueron a la vez los conservadores de la sociedad, fueron heraldos de la nueva civilización. Ellos prosiguieron, en contra de los "representantes de Cristo", el movimiento empezado por Cristo, aunque a ellos no los persiguieron, ni molestaron las persecuciones y martirios. Que quede claro cuál fue la segunda Revolución.

 Así, ella - la filosofía rejuveneciendo al mundo lo salvó. Pero la Filosofía juntando su victoria con la del evangelio no terminaría con el programa, con la eterna búsqueda de la justicia. Algo le faltaba a la Revolución. La libertad traída por Cristo del seno de Dios no era, todavía, otra cosa que una libertad individual. Se hacia preciso llevarla en el interior, en la conciencia y hacerla entrar por la puerta de la ley

Hacia la primera mitad del siglo XVIII, comenzó una segunda edición y, como la primera Revolución fue religiosa o teológica y la segunda filosófica, la tercera tenía que ser Política. Se llamó y todavía se llama: "El Contrato Social". Las ideas de Juan Jacobo Rousseau tomaron por dogma la soberanía del pueblo y como divisa la igualdad de todos ante la ley. Fue el corolario de las otras.

Así, como se ve, en cualquier Revolución, la libertad aparece siempre como el instrumento de la justicia, la igualdad como medida de la justicia y, en tercer lugar, la justicia como un fin en sí mismo. Este fin, siempre perseguido, siempre cerrado, se llama fraternidad. Bajo esta base, nunca se podrá perder de vista el orden y objetivos de todo movimiento revolucionario. Teniendo como juez al tiempo, incorruptible paladín de la justicia, en toda la historia de la humanidad, la fraternidad siempre será el fin supremo de toda Revolución, luego de que se hayan alcanzado, cabalmente, los principios de justicia y libertad.

La Revolución, después de ser, de una vez a otra, religiosa, filosófica y política, se vuelve económica. Y como todas ellas vienen a tratar una contradicción, tienen que pasar por una revuelta en el orden establecido. Sin esta "mudanza" -completa- de los principios y las creencias, no hay Revolución; se da tan s61o una mistificación.

Bajo el imperio del politeísmo, no só1o estaba permitida la esclavitud; ésta, llegaba a perpetuarse de generación en generación. ¿En nombre de que principio? Efectivamente, en el principio de la Religión. La esclavitud, era, un "mandato divino". Después, la venida de Cristo, abolió la esclavitud, precisamente en favor de la Religión.

 El cristianismo a su vez subyugaba la razón a la fe. Cosa que la filosofía después resuelve éste orden y subordina la fe a la razón. El feudalismo en nombre de la política hace ciego a todo el mundo, sometiendo al obrero al burgués, el burgués al noble, el noble al Rey, el Rey al sacerdote y el sacerdote a una letra muerta.

 El 89, someta a todos ante la ley y no reconoce en los hombres más que a ciudadanos. La Revolución del 89 fue "la salvación" de la humanidad, por eso merece el titulo de la Revolución. El ejemplo de los hombres de la Revolución Francesa se extendió por el mundo. Tan es así que sus principios: Libertad, Igualdad y Fraternidad, hoy permanecen vigentes en el mundo.

En México, nuestros padres del 59, combatieron una corrupción peor, una miseria igual a la de los tiempos feudales, una opresión del espíritu y la conciencia y una lucha frontal al embrutecimiento de toda facultad humana; más que aquella que pudiese haberse visto desde las épocas de la barbarie.

En efecto, convertido México en una Colonia Española, el clero católico apareció avasallador en su influencia sobre indígenas y dominadores. Algo semejante a los grandes sacerdotes del valle Mesopotámico y del Nilo, sin otra diferencia de ellos que la de una incurable ignorancia. El clero católico impidió toda manifestación libre, como si fuese una poderosa maquina neumática que impidiera la respiración. Así, asfixió sentimientos y mentes que no se dirigieran a ella y no la obedecieran. Relegó al indio a una condición de proletarismo en la cual sólo tenía derecho a una instrucción muy elemental y siempre sujeta al fanatismo religioso. En nombre de la fe retenía su espíritu en la esfera de las investigaciones científicas y en nombre del milagro desvirtuaba sus energías formadas por la naturaleza para trabajar, haciéndolo concebir la esperanza de que a cambio de una plegaria elevada a Dios, éste concedería el éxito a sus deseos.

La educación clerical fue nociva en la formación del carácter mexicano, pues favoreció su acción en todos los vicios hereditarios. A la debilidad de la inteligencia respondió con soluciones hechas, con afirmaciones sin crítica, con una condenación previa de análisis. A la debilidad de la voluntad, respondió por la "disciplina universal", es decir, por la dirección minuciosa y autoritaria de la conciencia.

Para que no le faltara al clericalismo ningún apoyo, ni aun el de quienes - más enérgicamente- se le hubieren opuesto en otros tiempos, se ató al régimen del General Porfirio Díaz, quien a su vez se apea a su carruaje, con promesas que cumplió cabalmente.

La Independencia de México fue la obra de los terratenientes y ellos fueron los únicos que sacaron provecho de la nueva situación. Ellos y nadie más que ellos, pudieron contratar y negociar en virtud de sus "derechos reconocidos". Los indígenas y las clases bajas continuaron en un estado de miseria y servidumbre.

Un régimen democrático tan mal entendido, tan abstracto y desorientado en lo económico, en vez de limitar las prerrogativas de los terratenientes y hombres del dinero, permitió la extensión y consolidación, sin restricciones, hasta márgenes sin procedentes.

Anómala situación del país. La pequeña propiedad agrícola era casi desconocida y no había ninguna graduación en el desarrollo del capital rural. Desaparecidos los ejidos, único alivio que hasta entonces tenían los pobres agricultores indígenas, su situación no sólo empeoro. La enorme influencia de los terratenientes se usaba como medio político para obligar a los peones a trabajar las haciendas, conservándolos en un verdadero estado de esclavitud. La inmensa extensión de tierra cultivable estaba dividida en grandes latifundios y acaparada por ricos propietarios, a merced de quienes estaba una población campesina que vivía una vida de auténtica servidumbre, ignorancia y miseria, teniendo para subsistir que conformarse con los raquíticos jornales que ganaba trabajando en las haciendas.

El estado de prosperidad material que revelaba el México "capitalizado" y el de miseria interior en que el pueblo vivía, ahondaba un abismo. El gobierno, en lugar de desarrollar los recursos naturales del país, favorecía a las grandes empresas de capitalistas extranjeros, llenándolas de privilegios. Se crearon así, grandes monopolios. En lugar de provocar la aparición de una clase media coherente, en oposición a una confusa plutocracia. Se acentúo el contraste entre las clases ricas y las clases trabajadoras de la nación. No dividió la propiedad y los terratenientes vendieron grandes haciendas a compañías extranjeras que llegaron a construir un peligro nacional. No evitó un mal social y lleg6 a provocar una amenaza política. Mientras el costo de la vida aumentaba por la inversión de los capitales y el bajo jornal de los obreros, sobre todo los del campo, el gobierno formó una nueva clase privilegiada, de grandes concesionarios, que "tuvieron" en su poder: la banca, la industria, las minas, los caminos de hierro.... etcétera.

Se mejoró a la iglesia y a las ordenes monásticas; mientras los peones eran abandonados al poder de sus señores feudales. Dejó a la población rural en un verdadero estado de esclavitud. Más aun, imprimió en sus espíritus la convicción de que el peonaje era "un mal necesario, autorizado por las leyes".

La "civilización" mexicana era algo semejante a una gran casa de granito sin amueblar o amueblada, pero con trastos viejos Existían industrias pero en interior de aquella gran casa de "granito", se reportaba lamentable inopia, lóbrego desamparo, sombrío despecuniamiento y tétrica laceria. Así, todo régimen sería a corta o larga distancia un mandato de escándalo y ruina.

Civilización se llam6 a la "prosperidad material de México". Lo fue en efecto, si por tal se entiende una "civilización" capitalista, compuesta de miseria brillante y desigualdad feudal. Pero, si ha de entenderse por civilización lo que su etimología indica - "faceres civis" hacer ciudades: esto es, crear para el pueblo instituciones donde prive el derecho, la equidad y la ley; entonces reconozcamos que aquella "civilización" no tuvo como tal más que el nombre. Porque una verdadera civilización no consiste tan sólo en el progreso de las artes, las ciencias, la industria, la propiedad bancaria; se requiere, también, del triunfo del derecho sobre la fuerza, la equidad y la justicia y, algo más, el simple "imperio de la ley".

Nadie, o casi nadie, había leído a Sócrates. El derecho violado tenía que doblar la cabeza. Por tanto, esa sociedad nunca podrá ser la imagen o prototipo del progreso; si acaso, la mascarilla de un cadáver. Así, sin entrar en más detalles, la legitimidad de los fines agrarios que el pueblo mexicano propugnaba fueron burlados. Bastaría con hacer pocas y breves reflexiones para resaltar, con igual intensidad, el concepto de que más que legítima en la esfera económica, una Revolución siempre será política.

En nuestro pésimo sistema constitucional, criticado sutilmente por Tocqueville en su tratado de "La Democracia en América", cuando dice: "la constitución puede compararse a esas magnificas creaciones de la industria que colman de bienes a sus inventores, pero son estériles en otras manos"; puede empatarse con otras citas de la historia, como las del padre Mier, quien sostuvo: "Al establecimiento de la República Federativa, vendrán sesenta anos de revoluciones de lo más cruel y sanguinario y, al final de este lapso, tendrá la República necesariamente que caer en el centralismo para empezar por donde estamos ahora".

Estas palabras, dieron lugar a los pronunciamiento de Santa Ana; la desaparición de la República Federalista; al centralismo reaccionario y fraylesco en remplazo de la labor administrativa y política y la sustitución de las leyes constitucionales por las bases orgánicas, con lo cual se daba un rudo golpe a la democracia y al liberalismo. El "nuevo federalismo" y las "nuevas" reacciones, dieron como resultado un periodo "interminable" de disturbios sin cuento... la perturbación de los tiempos debido a la Intervención Francesa y la Guerra de Reforma, impidieron llevar a la práctica la Constitución de 1857. Todo los que a ella se acogieron, fracasaron. Fracasó Juárez, Lerdo de Tejada e Iglesias, tres venerables varones que se atuvieron - hasta el último momento- a sus prescripciones.

El General Porfirio Díaz fue más radical, la abandono en absoluto. Ni siquiera hizo de ella un pretexto: se propuso a toda costa gobernar; esto es: imponer la iniciativa personal a la ley escrita. No más elecciones de gobernadores. legislaturas locales, Congreso de la Unión. Supremas Cortes. El y sólo él, era quien hacia y deshacía estos nombramientos. El y sólo él, era quien elegía y reelegía a los "representantes" del país.

El pueblo que no olvidaba el lema y divisa al cual Juárez ajustaba sus actos: Gobernar a México como México debe ser gobernado y el Quinto Congreso Constitucional, comenzaron a protestar contra el sombrío lema: POCA POLITICA, MUCHA ADMINISTRACIÓN. Lema de hierro cuando lo emite un d6spota que, para mantenerse en el poder por la pasividad del pueblo, ya no necesita más política. En otros países, en pueblos menos resignados, más europeos, tal lema será siempre por la fuerza de la oposición, una nueva farsa: la farsa de los Zares...

La preponderancia y personalidad de General Díaz, tuvo que mantener en la sombra a la mayor parte de los que, a diversos títulos, le ayudaron a gobernar. Estas clases, que juntas no constituían sino una minoría, sólo eran superadas por una sevicia que venia de tiempo atrás Por lo que toca a su actuación económica y política, Díaz siempre tuvo una orientación claramente impopular.

¿Cuantas veces, a partir de 1821, nuestros gobernadores se han abrogado al poder, han olvidado sus halagadoras promesas y no han procurado modificar siquiera la condición de los indios?. Son pocas las excepciones. Siempre, una "mayoría" ha buscado el medro personal, la ascensión gloriosa a las regiones suspiradas del mando. Han buscado todo, menos el honroso título de redentores del indio. No obstante, de entre las "mayorías" han surgido excepciones; la principal la minoría de La Reforma, con sus tres grandes hombres: Juárez, Lerdo e Iglesias. Fue la única que cumplió. Cuando  estuvo en el poder, dictó leyes sabias que beneficiaron por igual a blancos y cobrizos; pasaron por sus manos verdaderos tesoros y 6stas nunca se mancharon con el robo; peligró la independencia y por salvarse tuvieron que resignarse a dejar su obra de regeneración inconclusa.

En contraposición Porfirio Díaz, no fue más que un gran cacique, que no luchó por las ideas, sino por el poder. Sin preocuparle ser calificado de liberal o conservador, su único propósito: alcanzar la Presidencia. Durante su mandato se reformó, arbitrariamente y despóticamente la constitución, permitiéndose la reelección inmediata e indefinida del primer Magistrado de la Nación. Desde entonces gobernó con un poder absoluto, más absoluto que el de cualquier Zar de Rusia.

Como todo cacique, consolidó su poder por el terror, expatrió a sus opositores - entre ellos a los hermanos Flores Magón- amordazó la imprenta y nombró "indirectamente" a los miembros del Congreso. Impuso la "Ley Fuga" y autorizó el famoso "mátenlos en caliente". Nada más expeditivo.

Ante tamaños desaciertos y monstruosidades, comenzaron a presentarse ataques cada vez más virulentos contra el régimen "cesarista". Surgió el Partido Antireeleccionista, que más tarde inició sus actividades con la tragedia de Santa Clara en Puebla. En consecuencia, la Revolución tenía que ser tan honda como intensa.

Los actos vandálicos del régimen de Díaz conmovieron y removieron la conciencia nacional, al grado de llegar a demoler los viejos y medievales sistemas de gobierno, encauzando a la República dentro de las nuevas ideas del "mundo civilizado". Pero, por desgracia, el país no comprendió bien, no ha sentido su verdadero significado, el auténtico valor moral de una Revolución. Pareciera como si esto no hubiese llegado en medio de vicisitudes incontables, de muchas y amargas lagrimas y de profundas decepciones que, al parecer hoy vuelven a soplar en el alma mexicana, cual si fueran frío aliento de la desconfianza y el temor.

Pero, no culpemos a la Revolución en sí, si como tal la hemos querido comprender; no culpemos a la falange heroica de puros y honrados revolucionarios que la llevaron a cabo, derramando su sangre y sacrificando sus hogares y vidas en aras de ideales verdaderos. Menos si algunos de sus falsos apóstoles, los fariseos de ella, trataron de pesarla en la balanza de Themis y terminaron en la espada del Prétor. No los culpemos, pues ni esa es la Revolución, ni esos son los verdaderos revolucionarios, cuya abnegación, desinterés y patriotismo, diáfanamente ya ha consignado nuestra historia.

Siendo combatida la Revolución, desde su nacimiento por las clases privilegiadas y la clerecía, unas veces a pecho descubierto otras en la oscuridad, ésta nunca ha estado carente de fuerza y de prestigio. Se ha enfrentado a las mejores artillerías, dignas del mejor "Maquiavelo". Siempre, como Revolución ha tenido que apoyarse en el auténtico pueblo, el que a pesar de carecer de todo, realiza el milagro de dar cuanto se le exige. Los verdaderos revolucionarios han llegado a dar la vida por sus caudillos; sin condición alguna; con toda la espontaneidad y el patriotismo que sólo puede ser característico en los más desprotegidos.

Hoy la Revolución se ha visto reducida a un simple problema económico. Hoy, la política se llama economía, "guerra financiera", lucha de mercados, globalización... Por lo mismo, muchas de sus aspiraciones han encontrado resistencia en las clases poderosas, en los acaparadores de la riqueza, que desgraciadamente nunca podrán recibir el honroso título de llamarse mexicanos. Tan cierto es esto que, la Revolución frente a circunstancias verdaderamente difíciles, casi insuperables, que los mismos reaccionarios han llegado a exteriorizar desde el extranjero, sigue fiel a las tradiciones nacionales. Independientemente de quien ostente el gobierno, la Revolución siempre tendrá como principal deber, el hacer que un gobierno prevalezca antes que el caos.

La Revolución Mexicana, rompió con las tiranías políticas y materiales. Mediante esa loable medida, dulcificó la existencia de tanta y tan dolida "carne de taller" y del campo que al vislumbrar un porvenir más halagüeño, no dudo en ofrendar lo poco o mucho que tenía, incluso sus propias vidas, siempre en la búsqueda por alcanzar mejores niveles de vida y desarrollo.

Hoy que México vive una nueva convulsión, que se antoja al borde del colapso, al final de la era PRI - Gobierno; ese futuro parece que nunca llegará. La lucha se esta dando bajo los mismos parámetros. Empero, hoy ya no será sólo el descontento por un estado imperante de iniquidad y de injusticia el que de margen a las rebeliones; ya no serán las grandes angustias colectivas las que formarán esa nube siniestra, preñada de amenazas, como es una convulsión nacional. Hoy se avecina otro tipo de tormenta, quizá menos sangrienta, pero capaz de limpiar y remover los más rancios cimientos de una sociedad levítica y enferma por los morbos de las dictaduras y las malas administraciones pasadas.

Cuidado: la Revolución es una esfinge que mira con ojos inmóviles de hermosura siniestra. Su beso es mortal y su hija suele llamarse Gloria.

Como tal la Revolución es implacable: ¿acaso ella no ha dado nacimiento a naciones?

La Revolución es un genio vengador, un flagelo meteórico, de fulgurante cauda roja que siempre purifica el ambiente sideral. Por lo mismo, siempre será permanente en la historia independientemente de quien o quienes la encabecen. Lo válido siempre serán sus fines, nunca los personajes.

Así es, señor Presidente Ernesto Zedillo, como se mueve la rueda de la historia.

Y DISCULPEN POR NO TENER FECHA EL DOCUMENTO, PERO NO ACOSTUMBRABA HACERLO, PREGÚNTENLE AL LÍDER DE OPINIÓN EDUARDO RUIZ HEALY.