A los
espíritus opacos bien cabe decirles que las revoluciones son manifestaciones
sucesivas de justicia en toda sociedad. Por lo mismo, cuando ocurren, todas
las revoluciones tienen su punto de partida en una anterior. Quien dice
revolución, dice necesariamente progreso y, al mismo tiempo, conservación.
De aquí resulta que la Revolución es permanente en la historia de los pueblos
y, por consiguiente - precisando el término- no son muchas las revoluciones
que ha tenido la humanidad. Es una sola, una misma y perpetua Revolución.
Hace 20 siglos, citando a P.G. Prohudón, se llamó Evangelio, la Buena Nueva. Su dogma fundamental se llamaba unidad en torno de Dios; su divisa era la igualdad de todos los hombres delante de El.
La esclavitud - "antiguo"
azote de la humanidad reposaba en el antagonismo y la desigualdad de los
Dioses; o sea, en la inferioridad relativa de las razas bajo un estado de
guerra. El cristianismo creó el derecho de gentes, la fraternidad de los
pueblos y fue por la fuerza de su dogma y divisa por lo que fueron abolidas,
simultáneamente, la idolatría y la esclavitud. No podrá nunca negarse este
hecho, como tampoco el que los cristianos, al ser Revolucionarios mediante
la palabra y el martirio, no fueran hombres de progreso y, a la vez, conservadores.
La iniciativa politeísta, después
de haber civilizado a los primeros hombre, después de haberlos convertido
de "hombres silvestres" en hombres de ciudad - o ciudadanos -
volvió a ella
- a la Revolución - por causa del sensualismo y del privilegio. Es decir.
se había caído en un periodo de corrupción y servilismo. La humanidad estaba
ya perdida, cuando surge Cristo para salvarla. El, por esa sola misión recibe
el doble titulo de Salvador y Redentor; o como hoy podríamos decir revolucionario.
Tal fue el carácter de la primera y más grande de las Revoluciones. Ella
renovó al mundo y renovándolo lo conservó.
Más por
cuento esta Revolución fuese natural y espiritual, no significó otra cosa
que el lado más material de la justicia: la liberación del cuerpo, la abolición
de la esclavitud. Teniendo por fundamento la fe, dejó esclavo el pensamiento.
No bastaba entonces para la emancipación del hombre que es un conjunto de
cuerpo y alma; materia e inteligencia. Así, ella misma vendría a suscitar
una nueva Revolución.
Mil años
después del calvario y crucifixión de Jesucristo, comenzó, en el mismo seno
de la religión que había fundado, una agitación inconsciente, preludio de
un
Esta Revolución, sin abandonar
sus primeros frutos, sin negarse a sí misma, tomó otro nombre: se llamó
filosofía. Su dogma, La Libertad de la Razón y su divisa, igualdad de todos
los hombres ante la misma.
Aquí,
el hombre es declarado inviolable y libre en su doble esencia de cuerpo
y alma.
¿Era este un avance? Quién
otro que un tirano puede negarlo ¿Era conservación?; esto no requiere respuesta.
El destino del hombre, lo han dicho los hombres sabios, es contemplar la
obra de Dios. Después de haber conocido el hombre a Dios a través del corazón
Y la fe, era imprescindible que lo conociera a través de la razón. El Evangelio
era para la humanidad una especie de enseñanza infantil; luego que la humanidad
se hizo
Así, los Galileo, los Arnaldo
de Brecia, los Giordano Bruno, los Descartes, los Lutero, toda esa pléyade
de hombres sabios, de pensadores y artistas que brillaron en los siglos
XI, XVI y XVII; todos estos grandes revolucionarios, fueron a la vez los
conservadores de la sociedad, fueron heraldos de la nueva civilización.
Ellos prosiguieron, en contra de los "representantes de Cristo",
el movimiento empezado por Cristo, aunque a ellos no los persiguieron, ni
molestaron las persecuciones y martirios. Que quede claro cuál fue la segunda
Revolución.
Así, ella - la filosofía rejuveneciendo al
mundo lo salvó. Pero la Filosofía juntando su victoria con la del evangelio
no terminaría con el programa, con la eterna búsqueda de la justicia. Algo
le faltaba a la Revolución. La libertad traída por Cristo del seno de Dios
no era, todavía, otra cosa que una libertad individual. Se hacia preciso
llevarla en el interior, en la conciencia y hacerla entrar por la puerta
de la ley
Hacia la primera mitad del siglo
XVIII, comenzó una segunda edición y, como la primera Revolución fue religiosa
o teológica y la segunda filosófica, la tercera tenía que ser Política.
Se llamó y todavía se llama: "El Contrato Social". Las ideas de
Juan Jacobo Rousseau tomaron por dogma la soberanía del pueblo y como divisa
la igualdad de todos ante la ley. Fue el corolario de las otras.
Así,
como se ve, en cualquier Revolución, la libertad aparece siempre como el
instrumento de la justicia, la igualdad como medida de la justicia y, en
tercer lugar, la justicia como un fin en sí mismo. Este fin, siempre perseguido,
siempre cerrado, se llama fraternidad. Bajo esta base, nunca se podrá perder
de vista el orden y objetivos de todo movimiento revolucionario. Teniendo
como juez al tiempo, incorruptible paladín de la justicia, en toda la historia
de la humanidad, la fraternidad siempre será el fin supremo de toda Revolución,
luego de que se hayan alcanzado, cabalmente, los principios de justicia
y libertad.
La Revolución, después de ser,
de una vez a otra, religiosa, filosófica y política, se vuelve económica.
Y como todas ellas vienen a tratar una contradicción, tienen que pasar por
una revuelta en el orden establecido. Sin esta "mudanza" -completa-
de los principios y las creencias, no hay Revolución; se da tan s61o una
mistificación.
Bajo el imperio del politeísmo,
no só1o estaba permitida la esclavitud; ésta, llegaba a perpetuarse de generación
en generación. ¿En nombre de que principio? Efectivamente, en el principio
de la Religión. La esclavitud, era, un "mandato divino". Después,
la venida de Cristo, abolió la esclavitud, precisamente en favor de la Religión.
El cristianismo a su vez subyugaba la razón
a la fe. Cosa que la filosofía después resuelve éste orden y subordina la
fe a la razón. El feudalismo en nombre de la política hace ciego a todo
el mundo, sometiendo al obrero al burgués, el burgués al noble, el noble
al Rey, el Rey al sacerdote y el sacerdote a una letra muerta.
El 89,
someta a todos ante la ley y no reconoce en los hombres más que a ciudadanos.
La Revolución del 89 fue "la salvación" de la humanidad, por eso
merece el titulo de la Revolución. El ejemplo de los hombres de la Revolución
Francesa se extendió por el mundo. Tan es así que sus principios: Libertad,
Igualdad y Fraternidad, hoy permanecen vigentes en el mundo.
En México, nuestros padres
del 59, combatieron una corrupción peor, una miseria igual a la de los tiempos
feudales, una opresión del espíritu y la conciencia y una lucha frontal
al embrutecimiento de toda facultad humana; más que aquella que pudiese
haberse visto desde las épocas de la barbarie.
En efecto,
convertido México en una Colonia Española, el clero católico apareció avasallador
en su influencia sobre indígenas y dominadores. Algo semejante a los grandes
sacerdotes del valle Mesopotámico y del Nilo, sin otra diferencia de ellos
que la de una incurable ignorancia. El clero católico impidió toda manifestación
libre, como si fuese una poderosa maquina neumática que impidiera la respiración.
Así, asfixió sentimientos y mentes que no se dirigieran a ella y no la obedecieran.
Relegó al indio a una condición de proletarismo en la cual sólo tenía derecho
a una instrucción muy elemental y siempre sujeta al fanatismo religioso.
En nombre de la fe retenía su espíritu en la esfera de las investigaciones
científicas y en nombre del milagro desvirtuaba sus energías formadas por
la naturaleza para trabajar, haciéndolo concebir la esperanza de que a cambio
de una plegaria elevada a Dios, éste concedería el éxito a sus deseos.
La educación
clerical fue nociva en la formación del carácter mexicano, pues favoreció
su acción en todos los vicios hereditarios. A la debilidad de la inteligencia
respondió con soluciones hechas, con afirmaciones sin crítica, con una condenación
previa de análisis. A la debilidad de la voluntad, respondió por la "disciplina
universal", es decir, por la dirección minuciosa y autoritaria de la
conciencia.
Para
que no le faltara al clericalismo ningún apoyo, ni aun el de quienes - más enérgicamente- se le hubieren opuesto en otros tiempos,
se ató al régimen del General Porfirio Díaz, quien a su vez se apea a su
carruaje, con promesas que cumplió cabalmente.
La Independencia
de México fue la obra de los terratenientes y ellos fueron los únicos que
sacaron provecho de la nueva situación. Ellos y nadie más que ellos, pudieron
contratar y negociar en virtud de sus "derechos reconocidos".
Los indígenas y las clases bajas continuaron en un estado de miseria y servidumbre.
Un régimen
democrático tan mal entendido, tan abstracto y desorientado en lo económico,
en vez de limitar las prerrogativas de los terratenientes y hombres del
dinero, permitió la extensión y consolidación, sin restricciones, hasta
márgenes sin procedentes.
Anómala
situación del país. La pequeña propiedad agrícola era casi desconocida y
no había ninguna graduación en el desarrollo del capital rural. Desaparecidos
los ejidos, único alivio que hasta entonces tenían los pobres agricultores
indígenas, su situación no sólo empeoro. La enorme influencia de los terratenientes
se usaba como medio político para obligar a los peones a trabajar las haciendas,
conservándolos en un verdadero estado de esclavitud. La inmensa extensión
de tierra cultivable estaba dividida en grandes latifundios y acaparada
por ricos propietarios, a merced de quienes estaba una población campesina
que vivía una vida de auténtica servidumbre, ignorancia y miseria, teniendo
para subsistir que conformarse con los raquíticos jornales que ganaba trabajando
en las haciendas.
El estado
de prosperidad material que revelaba el México "capitalizado"
y el de miseria interior en que el pueblo vivía, ahondaba un abismo. El
gobierno, en lugar de desarrollar los recursos naturales del país, favorecía
a las grandes empresas de capitalistas extranjeros, llenándolas de privilegios.
Se crearon así, grandes monopolios. En lugar de provocar la aparición de
una clase media coherente, en oposición a una confusa plutocracia. Se acentúo
el contraste entre las clases ricas y las clases trabajadoras de la nación.
No dividió la propiedad y los terratenientes vendieron grandes haciendas
a compañías extranjeras que llegaron a construir un peligro nacional. No
evitó un mal social y lleg6 a provocar una amenaza política. Mientras el
costo de la vida aumentaba por la inversión de los capitales y el bajo jornal
de los obreros, sobre todo los del campo, el gobierno formó una nueva clase
privilegiada, de grandes concesionarios, que "tuvieron" en su
poder: la banca, la industria, las minas, los caminos de hierro.... etcétera.
Se mejoró a la iglesia y a
las ordenes monásticas; mientras los peones eran abandonados al poder de
sus señores feudales. Dejó a la población rural en un verdadero estado de
esclavitud. Más aun, imprimió en sus espíritus la convicción de que el peonaje
era "un mal necesario, autorizado por las leyes".
La "civilización"
mexicana era algo semejante a una gran casa de granito sin amueblar o amueblada,
pero con trastos viejos Existían industrias pero en interior de aquella
gran casa de "granito", se reportaba lamentable inopia, lóbrego
desamparo, sombrío despecuniamiento y tétrica laceria. Así, todo régimen
sería a corta o larga distancia un mandato de escándalo y ruina.
Civilización se llam6 a la
"prosperidad material de México". Lo fue en efecto, si por tal
se entiende una "civilización" capitalista, compuesta de miseria
brillante y desigualdad feudal. Pero, si ha de entenderse por civilización
lo que su etimología indica - "faceres civis" hacer ciudades:
esto es, crear para el pueblo instituciones donde prive el derecho, la equidad
y la ley; entonces reconozcamos que aquella "civilización" no
tuvo como tal más que el nombre. Porque una verdadera civilización no consiste
tan sólo en el progreso de las artes, las ciencias, la industria, la propiedad
bancaria; se requiere, también, del triunfo del derecho sobre la fuerza,
la equidad y la justicia y, algo más, el simple "imperio de la ley".
Nadie,
o casi nadie, había leído a Sócrates. El derecho violado tenía que doblar
la cabeza. Por tanto, esa sociedad nunca podrá ser la imagen o prototipo
del progreso; si acaso, la mascarilla de un cadáver. Así, sin entrar en
más detalles, la legitimidad de los fines agrarios que el pueblo mexicano
propugnaba fueron burlados. Bastaría con hacer pocas y breves reflexiones
para resaltar, con igual intensidad, el concepto de que más que legítima
en la esfera económica, una Revolución siempre será política.
En nuestro
pésimo sistema constitucional, criticado sutilmente por Tocqueville en su
tratado de "La Democracia en América", cuando dice: "la constitución
puede compararse a esas magnificas creaciones de la industria que colman
de bienes a sus inventores, pero son estériles en otras manos"; puede
empatarse con otras citas de la historia, como las del padre Mier, quien
sostuvo: "Al establecimiento de la República Federativa, vendrán sesenta
anos de revoluciones de lo más cruel y sanguinario y, al final de este lapso,
tendrá la República necesariamente que caer en el centralismo para empezar
por donde estamos ahora".
Estas
palabras, dieron lugar a los pronunciamiento de Santa Ana; la desaparición
de la República Federalista; al centralismo reaccionario y fraylesco en
remplazo de la labor administrativa y política y la sustitución de las leyes
constitucionales por las bases orgánicas, con lo cual se daba un rudo golpe
a la democracia y al liberalismo. El "nuevo federalismo" y las
"nuevas" reacciones, dieron como resultado un periodo "interminable"
de disturbios sin cuento... la perturbación de los tiempos debido a la Intervención
Francesa y la Guerra de Reforma, impidieron llevar a la práctica la Constitución
de 1857. Todo los que a ella se acogieron, fracasaron. Fracasó Juárez, Lerdo
de Tejada e Iglesias, tres venerables varones que se atuvieron - hasta el
último momento- a sus prescripciones.
El General
Porfirio Díaz fue más radical, la abandono en absoluto. Ni siquiera hizo
de ella un pretexto: se propuso a toda costa gobernar; esto es: imponer
la iniciativa personal a la ley escrita. No más elecciones de gobernadores.
legislaturas locales, Congreso de la Unión. Supremas Cortes. El y sólo él,
era quien hacia y deshacía estos nombramientos. El y sólo él, era quien
elegía y reelegía a los "representantes" del país.
El pueblo
que no olvidaba el lema y divisa al cual Juárez ajustaba sus actos: Gobernar
a México como México debe ser gobernado y el Quinto Congreso Constitucional,
comenzaron a protestar contra el sombrío lema: POCA POLITICA, MUCHA ADMINISTRACIÓN.
Lema de hierro cuando lo emite un dèspota que, para mantenerse en
el poder por la pasividad del pueblo, ya no necesita más política. En otros
países, en pueblos menos resignados, más europeos, tal lema será siempre
por la fuerza de la oposición, una nueva farsa: la farsa de los Zares...
La preponderancia
y personalidad de General Díaz, tuvo que mantener en la sombra a la mayor
parte de los que, a diversos títulos, le ayudaron a gobernar. Estas clases,
que juntas no constituían sino una minoría, sólo eran superadas por una
sevicia que venia de tiempo atrás Por lo que toca a su actuación económica
y política, Díaz siempre tuvo una orientación claramente impopular.
¿Cuantas
veces, a partir de 1821, nuestros gobernadores se han abrogado al poder,
han olvidado sus halagadoras promesas y no han procurado modificar siquiera
la condición de los indios?. Son pocas las excepciones. Siempre, una "mayoría"
ha buscado el medro personal, la ascensión gloriosa a las regiones suspiradas
del mando. Han buscado todo, menos el honroso título de redentores del indio.
No obstante, de entre las "mayorías" han surgido excepciones;
la principal la minoría de La Reforma, con sus tres grandes hombres: Juárez,
Lerdo e Iglesias. Fue la única que cumplió. Cuando
estuvo en el poder, dictó leyes sabias que beneficiaron por igual
a blancos y cobrizos; pasaron por sus manos verdaderos tesoros y 6stas nunca
se mancharon con el robo; peligró la independencia y por salvarse tuvieron
que resignarse a dejar su obra de regeneración inconclusa.
En contraposición
Porfirio Díaz, no fue más que un gran cacique, que no luchó por las ideas,
sino por el poder. Sin preocuparle ser calificado de liberal o conservador,
su único propósito: alcanzar la Presidencia. Durante su mandato se reformó,
arbitrariamente y despóticamente la constitución, permitiéndose la reelección
inmediata e indefinida del primer Magistrado de la Nación. Desde entonces
gobernó con un poder absoluto, más absoluto que el de cualquier Zar de Rusia.
Como
todo cacique, consolidó su poder por el terror, expatrió a sus opositores
- entre ellos a los hermanos Flores Magón- amordazó la imprenta y nombró
"indirectamente" a los miembros del Congreso. Impuso la "Ley
Fuga" y autorizó el famoso "mátenlos en caliente". Nada más
expeditivo.
Ante
tamaños desaciertos y monstruosidades, comenzaron a presentarse ataques
cada vez más virulentos contra el régimen "cesarista". Surgió
el Partido Antireeleccionista, que más tarde inició sus actividades con
la tragedia de Santa Clara en Puebla. En consecuencia, la Revolución tenía
que ser tan honda como intensa.
Los actos
vandálicos del régimen de Díaz conmovieron y removieron la conciencia nacional,
al grado de llegar a demoler los viejos y medievales sistemas de gobierno,
encauzando a la República dentro de las nuevas ideas del "mundo civilizado".
Pero, por desgracia, el país no comprendió bien, no ha sentido su verdadero
significado, el auténtico valor moral de una Revolución. Pareciera como
si esto no hubiese llegado en medio de vicisitudes incontables, de muchas
y amargas lagrimas y de profundas decepciones que, al parecer hoy vuelven
a soplar en el alma mexicana, cual si fueran frío aliento de la desconfianza
y el temor.
Pero,
no culpemos a la Revolución en sí, si como tal la hemos querido comprender;
no culpemos a la falange heroica de puros y honrados revolucionarios que
la llevaron a cabo, derramando su sangre y sacrificando sus hogares y vidas
en aras de ideales verdaderos. Menos si algunos de sus falsos apóstoles,
los fariseos de ella, trataron de pesarla en la balanza de Themis y terminaron
en la espada del Prétor. No los culpemos, pues ni esa es la Revolución,
ni esos son los verdaderos revolucionarios, cuya abnegación, desinterés
y patriotismo, diáfanamente ya ha consignado nuestra historia.
Siendo
combatida la Revolución, desde su nacimiento por las clases privilegiadas
y la clerecía, unas veces a pecho descubierto otras en la oscuridad, ésta
nunca ha estado carente de fuerza y de prestigio. Se ha enfrentado a las
mejores artillerías, dignas del mejor "Maquiavelo". Siempre, como
Revolución ha tenido que apoyarse en el auténtico pueblo, el que a pesar
de carecer de todo, realiza el milagro de dar cuanto se le exige. Los verdaderos revolucionarios han llegado a dar la vida por sus caudillos; sin
condición alguna; con toda la espontaneidad y el patriotismo que sólo puede
ser característico en los más desprotegidos.
Hoy la
Revolución se ha visto reducida a un simple problema económico. Hoy, la
política se llama economía, "guerra financiera", lucha de mercados,
globalización... Por lo mismo, muchas de sus aspiraciones han encontrado
resistencia en las clases poderosas, en los acaparadores de la riqueza,
que desgraciadamente nunca podrán recibir el honroso título de llamarse
mexicanos. Tan cierto es esto que, la Revolución frente
a circunstancias verdaderamente difíciles, casi insuperables, que los mismos
reaccionarios han llegado a exteriorizar desde el extranjero, sigue fiel
a las tradiciones nacionales. Independientemente de quien ostente el gobierno,
la Revolución siempre tendrá como principal deber, el hacer que un gobierno
prevalezca antes que el caos.
La Revolución Mexicana, rompió
con las tiranías políticas y materiales. Mediante esa loable medida, dulcificó
la existencia de tanta y tan dolida "carne de taller" y del campo
que al vislumbrar un porvenir más halagüeño, no dudo en ofrendar lo poco
o mucho que tenía, incluso sus propias vidas, siempre en la búsqueda por
alcanzar mejores niveles de vida y desarrollo.
Hoy que México vive una nueva
convulsión, que se antoja al borde del colapso, al final de la era PRI -
Gobierno; ese futuro parece que nunca llegará. La lucha se esta dando bajo
los mismos parámetros. Empero, hoy ya no será sólo el descontento por un
estado imperante de iniquidad y de injusticia el que de margen a las rebeliones;
ya no serán las grandes angustias colectivas las que formarán esa nube siniestra,
preñada de amenazas, como es una convulsión nacional. Hoy se avecina otro
tipo de tormenta, quizá menos sangrienta, pero capaz de limpiar y remover
los más rancios cimientos de una sociedad levítica y enferma por los morbos
de las dictaduras y las malas administraciones pasadas.
Cuidado:
la Revolución es una esfinge que mira con ojos inmóviles de hermosura siniestra.
Su beso es mortal y su hija suele llamarse Gloria.
Como
tal la Revolución es implacable: ¿acaso ella no ha dado nacimiento a naciones?
La Revolución es un genio vengador,
un flagelo meteórico, de fulgurante cauda roja que siempre purifica el ambiente
sideral. Por lo mismo, siempre será permanente en la historia independientemente
de quien o quienes la encabecen. Lo válido siempre serán sus fines, nunca
los personajes.
Así es, señor Presidente Ernesto
Zedillo, como se mueve la rueda de la historia.